Era pequeño, bonito, color canela, adorable. Todos lo hubieran querido. “Me lo quitan de las manos” me dijo el dueño. Y era mío. Lo había conseguido. ¿Era el momento? ¿Podía hacerme cargo? Era mio, y todos iban a saberlo, era mio y me inundaba una satisfacción maternal, de miedo oscilante entre la lucha y el regalo.

Yo puedo, suena una voz valiente dentro de mi. ¡Y claro que pude!. Con fuerzas de donde no hay. Como una de esas grandes matriarcas, que tiran a pulso de una casa granja con niños y un marido ebrio.

Yo puedo, Yo puedo. Y la adorable suavida eran ladridos espontáeos, manchas en la alfombra, gruñidos, algún mal gesto.

Yo puedo. La matriarca que hay en mi tira del carro, de dos carros, de otros carros.

Y ahora ya, enorme, desbordado, imposible de manejar, atrayente de todos los deseos, deseos no comprometidos con él, se me escapa y se pierde mi peluche canela, el caramelo de mi vida.